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19 de junio de 2009

LLUVIA


Giramos en la rotonda de entrada; una vez más esa rotonda, antesala de la felicidad que me espera durante 24 horas. Miré por la ventanilla del coche, siempre la lluvia acompañándonos. Olivos mojados a los que he llegado a coger cariño, en mi mente unos versos: olivareros altivos… en la radio suena La Oreja de Van Gogh: y miles de gotitas…
La lluvia aprieta y él se ríe del tremendo aguacero. Se acuerda de la primera vez que vino a verme; nos quedamos solos bajo un techo esperando que cesara de llover, pero el agua no terminaba, parecía empeñada en que él y yo siguiéramos allí, refugiados uno frente al otro. Corrimos mucho hasta la zona de bares, yo maldecía a los que se habían ido, estaba asustada, me sentía desprotegida, temerosa y confundida por lo que estaba sintiendo. Y él buscaba mi boca incesantemente en la oscuridad de la música. Lo dejé con la miel en los labios.
Pero la lluvia se divirtió mucho aquella noche con nosotros y propició que después vinieran incontables días de dulce tormenta.
Me entretengo escuchando la inverosímil sinfonía del agua percusionando los cristales y la chapa del coche. Noto que me mira por el rabillo del ojo, cuanto más fuerte llueve más siento que me quiere.