Es tiempo de cambios en mi vida.
A lo largo de estos últimos 10 meses se han ido colocando piezas nuevas en mi vida para disponer mi universo de manera diferente. Otras, simplemente se han disuelto.
Echo de menos a Manoli, echo de menos a mis amigas con las que apenas hablo por las malditas responsabilidades. Echo de menos las tardes calurosas en el Viapol con Blanca. Echo de menos aburrirme. Echo de menos estar rodeada de mucha gente. Echo de menos las noches de juerga con mis amigos. Me hago muy adulta a la velocidad del rayo.
Sin embargo, ahora tengo mi propia empresa y he aprendido a distinguir quién me quiere de verdad. Ahora valoro más todavía algunas pequeñas cosas y adoro la sensación de no tener que quedar por obligación. Mis tardes de yoga me confortan más que nunca. Ahora me siento más amada.
Ahora me toca tomar decisiones, decisiones importantes que pueden transformar muchas cosas. Me da vértigo, mis decisiones afectarán a más personas pero sé que tengo que afrontarlas. Atrincherarme en mi almohada y pensar ya lo decidiré no es una opción. Ahora tengo que pensar por dos. YA no es sólo lo que yo quiero y me gusta tener que ceder mi preciado terreno.
Tal vez, como dice Ingrid, he cambiado y lo curioso es que ha sido un proceso natural.
Pienso en el 2010 y lo veo lleno de incertidumbres, pero creo que tome el camino que tome es hora de tomar las riendas de mi vida fuera de mi confortable huevo.
21 de octubre de 2009
22 de septiembre de 2009
El chico del polo verde
El día menos pensado, en el momento más inesperado... el destino te tiene preparadas sorpresas agradables que cambian tu vida para siempre. Aférrate a ellas porque no abundan.
Hizo su entrada despacito, poco a poco, con tenacidad, como él suele hacer. Preguntó si podía venir a verme y ya no dejó de hacerlo.
Dicen que hay trenes que pasan sólo una vez en la vida. El tren en el que llevo montada hace ya dos años no tiene un destino concreto, me desliza por caminos nuevos repletos de vida. Quizás el fin sea exclusivamente ir subida en ese tren y seguir viajando por las vías de la ilusión. Lo cierto es que espero que mi tren no llegue a su última estación en toda la vida.
Hizo su entrada despacito, poco a poco, con tenacidad, como él suele hacer. Preguntó si podía venir a verme y ya no dejó de hacerlo.
Dicen que hay trenes que pasan sólo una vez en la vida. El tren en el que llevo montada hace ya dos años no tiene un destino concreto, me desliza por caminos nuevos repletos de vida. Quizás el fin sea exclusivamente ir subida en ese tren y seguir viajando por las vías de la ilusión. Lo cierto es que espero que mi tren no llegue a su última estación en toda la vida.
8 de agosto de 2009
VILLA MATILDE
Nada más llegar a la esquina de la calle Fragata yo sabía que lo más anhelado estaba ya al lado, llamándome. Sus grandes árboles custodiaban la cancela verde que tanto ruido hacía al abrir y cerrar la puerta, haciendo imposible una entrada o salida anónima. El patio de chinitos tenía impregnado el ADN de toda la familia, gracias a las caídas que cada verano sufríamos en aquel espacio que unas veces era un río, otras una isla desierta, y a veces incluso una olla o improvisado escenario de actuaciones.
Mi corazón comenzaba a latir ligero y en mi preciado equipaje, una bolsa llena con una selección de juguetes –los más queridos, los imprescindibles en unas vacaciones de playa- saltaban al mismo tiempo, los muñecos se impacientan. Mis barbies y barriguitas esperaban ansiosas el momento de poder habitar entre los árboles, aquellos dos paraísos; y los playmobils no veían la hora de poder bañarse en la pila de lavado. Todo cobraba vida en Villa Matilde.
Quizás no fuera así exactamente y las piezas que encajan el puzle que ahora mismo dibujo pertenezcan a diferentes momentos de un día cualquiera, de un verano de la década de los 80. Pero veo lo siguiente:
Pepito y Tamara, están sentados en la rampita de la entrada. Ha habido suerte, nadie ha metido el coche en el patio, han puesto a los playmobils a pescar en el hilito de agua que surcaba tras los manguerazos para refrescar el suelo, pero han previsto la llegada de los míos, le han dejado un huequito y no han cazado todas las hojas. Esperan pacientemente el momento de ir a la playa flotador en mano.
Al fondo Pili persigue a Martita, debe cambiarle los pañales pero la pequeña deleita al público disfrutando de su autonomía de movimientos. Teba las mira sonriente, aunque ella está pensando en el diálogo del teatrillo de esta noche. Ése que tanta gracia les hace a los abuelos. El abuelo la observa al tiempo que lee el periódico y se pregunta a qué hora llegaremos.
Un poco más adentro Gonzalo prepara la tabla de surf para sacarla, parece que corre viento. Los mástiles de sus tablas, de colores, son una viga más de la casa, siempre soportando el peso del techo. Matuca termina de arreglarse, hoy no ha podido entrar de las primeras al baño. Justo en la habitación de al lado, la abuelita golpea en la puerta de Rocío que continúa durmiendo, definitivamente no va a bajar a bañarse.
Pepe va y viene al coche, aparcado enfrente, guardando en el maletero las bolsas de la playa, las pelotas, los manguitos, la piscinita, y esos cubitos, rastrillos y palas con los que construye unos castillos fascinantes.
Recuerdo a mi madre y a mis tías guapas, muy guapas, con la belleza que dan la maternidad, la felicidad y los treinta y tantos. Y a mi padre y a mis titos fuertes, juguetones siempre dispuestos a hacer algo para divertirnos.
Ya hemos llegado. Puedo oler a crema nivea, siento rayitos de sol en la cara, el beso caliente de la abuela y su siempre cálido abrazo. Es hermosa y está impecable con su turbante y zapatillas de esparto con plataforma. Las manitas de Tamara y Pepito tiran de mí y me arrancan de todo saludo. Estoy corriendo, grito, me río. Delante me quedan muchas semanas de juego.
Coronando mi puzle un cartel: Villa Matilde.
Lloré mucho cuando la derribaron y sé que con su destrucción una parte de mi historia, probablemente de mi familia, murió. Aquellas paredes blancas atesoraban muchos días de felicidad, de convivencia, de veranos en los que aprendes a vivir.
A pesar del tiempo, hay días en los que al despertar sigo teniendo la sensación de estar en mi pequeña camita de hierro burdeos.
Mi corazón comenzaba a latir ligero y en mi preciado equipaje, una bolsa llena con una selección de juguetes –los más queridos, los imprescindibles en unas vacaciones de playa- saltaban al mismo tiempo, los muñecos se impacientan. Mis barbies y barriguitas esperaban ansiosas el momento de poder habitar entre los árboles, aquellos dos paraísos; y los playmobils no veían la hora de poder bañarse en la pila de lavado. Todo cobraba vida en Villa Matilde.
Quizás no fuera así exactamente y las piezas que encajan el puzle que ahora mismo dibujo pertenezcan a diferentes momentos de un día cualquiera, de un verano de la década de los 80. Pero veo lo siguiente:
Pepito y Tamara, están sentados en la rampita de la entrada. Ha habido suerte, nadie ha metido el coche en el patio, han puesto a los playmobils a pescar en el hilito de agua que surcaba tras los manguerazos para refrescar el suelo, pero han previsto la llegada de los míos, le han dejado un huequito y no han cazado todas las hojas. Esperan pacientemente el momento de ir a la playa flotador en mano.
Al fondo Pili persigue a Martita, debe cambiarle los pañales pero la pequeña deleita al público disfrutando de su autonomía de movimientos. Teba las mira sonriente, aunque ella está pensando en el diálogo del teatrillo de esta noche. Ése que tanta gracia les hace a los abuelos. El abuelo la observa al tiempo que lee el periódico y se pregunta a qué hora llegaremos.
Un poco más adentro Gonzalo prepara la tabla de surf para sacarla, parece que corre viento. Los mástiles de sus tablas, de colores, son una viga más de la casa, siempre soportando el peso del techo. Matuca termina de arreglarse, hoy no ha podido entrar de las primeras al baño. Justo en la habitación de al lado, la abuelita golpea en la puerta de Rocío que continúa durmiendo, definitivamente no va a bajar a bañarse.
Pepe va y viene al coche, aparcado enfrente, guardando en el maletero las bolsas de la playa, las pelotas, los manguitos, la piscinita, y esos cubitos, rastrillos y palas con los que construye unos castillos fascinantes.
Recuerdo a mi madre y a mis tías guapas, muy guapas, con la belleza que dan la maternidad, la felicidad y los treinta y tantos. Y a mi padre y a mis titos fuertes, juguetones siempre dispuestos a hacer algo para divertirnos.
Ya hemos llegado. Puedo oler a crema nivea, siento rayitos de sol en la cara, el beso caliente de la abuela y su siempre cálido abrazo. Es hermosa y está impecable con su turbante y zapatillas de esparto con plataforma. Las manitas de Tamara y Pepito tiran de mí y me arrancan de todo saludo. Estoy corriendo, grito, me río. Delante me quedan muchas semanas de juego.
Coronando mi puzle un cartel: Villa Matilde.
Lloré mucho cuando la derribaron y sé que con su destrucción una parte de mi historia, probablemente de mi familia, murió. Aquellas paredes blancas atesoraban muchos días de felicidad, de convivencia, de veranos en los que aprendes a vivir.
A pesar del tiempo, hay días en los que al despertar sigo teniendo la sensación de estar en mi pequeña camita de hierro burdeos.
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26 de julio de 2009
Comiendo croquetas
Me encanta pensar que será así, tal como ella dice: -De vieja me imagino comiendo croquetas con Carmen en un asilo. Ella hablará con todos los ancianos de la residencia y yo iré a mi bola-
Manoli es sencillamente especial, una todoterreno del periodismo, un espíritu inquieto, inconformista, con ganas constantes de crecer y evolucionar. Con Manoli puedes llorar y reírte, y salir de marcha, e ir de compras, y hablar de filosofía, del último libro que estás leyendo, o de las barriguitas (las de verdad o las muñecas) Debajo de una sombrilla cuya sombra se alarga hasta la noche o en un sofá mullido, en un seat o en la cinta del gimnasio, en una discoteca o en un avión, en Londres o en Barbate. A todas horas, cualquier día, en un lugar cualquiera del mundo, las conversaciones con Manoli nunca se acaban.
Miles de planes cambiados y reestructurados, algunos ciertos y otros soñados. Pero ahora si que llegó la decisión. Se marcha a Madrid y nos deja un poco huérfanos. Odio tanto la distancia. Otra parte de mi corazón lejos. Me siento ya un poco más sola, con menos ganas de enredar.
19 de junio de 2009
LLUVIA

Giramos en la rotonda de entrada; una vez más esa rotonda, antesala de la felicidad que me espera durante 24 horas. Miré por la ventanilla del coche, siempre la lluvia acompañándonos. Olivos mojados a los que he llegado a coger cariño, en mi mente unos versos: olivareros altivos… en la radio suena La Oreja de Van Gogh: y miles de gotitas…
La lluvia aprieta y él se ríe del tremendo aguacero. Se acuerda de la primera vez que vino a verme; nos quedamos solos bajo un techo esperando que cesara de llover, pero el agua no terminaba, parecía empeñada en que él y yo siguiéramos allí, refugiados uno frente al otro. Corrimos mucho hasta la zona de bares, yo maldecía a los que se habían ido, estaba asustada, me sentía desprotegida, temerosa y confundida por lo que estaba sintiendo. Y él buscaba mi boca incesantemente en la oscuridad de la música. Lo dejé con la miel en los labios.
Pero la lluvia se divirtió mucho aquella noche con nosotros y propició que después vinieran incontables días de dulce tormenta.
Me entretengo escuchando la inverosímil sinfonía del agua percusionando los cristales y la chapa del coche. Noto que me mira por el rabillo del ojo, cuanto más fuerte llueve más siento que me quiere.
La lluvia aprieta y él se ríe del tremendo aguacero. Se acuerda de la primera vez que vino a verme; nos quedamos solos bajo un techo esperando que cesara de llover, pero el agua no terminaba, parecía empeñada en que él y yo siguiéramos allí, refugiados uno frente al otro. Corrimos mucho hasta la zona de bares, yo maldecía a los que se habían ido, estaba asustada, me sentía desprotegida, temerosa y confundida por lo que estaba sintiendo. Y él buscaba mi boca incesantemente en la oscuridad de la música. Lo dejé con la miel en los labios.
Pero la lluvia se divirtió mucho aquella noche con nosotros y propició que después vinieran incontables días de dulce tormenta.
Me entretengo escuchando la inverosímil sinfonía del agua percusionando los cristales y la chapa del coche. Noto que me mira por el rabillo del ojo, cuanto más fuerte llueve más siento que me quiere.
7 de junio de 2009
No hay marcha en New York
La cena terminó, las cabezas de gambas y las cáscaras de bocas rusas levantaban enormes montañas de desperdicios sobre los platos. Los mayores hablaban de temas que empezaba vagamente a entender, no del todo, pero al menos podía medio comprender ciertos gestos y caras.
Alguien hizo, para variar, un comentario entre gracioso y educativo sobre lo mucho que había comido y lo gorda que estaba para sus 9 años. Entonces esos comentarios para ella significaban ponerse un poco colorada y sentir que le reñían, pero no era consciente del pozo de daño que iba formándose en su interior, lento pero profundo. A lo largo de los años, llegó a sentir pánico incluso de comer al lado de algunas personas.
Tenía sueño, las vacaciones en la playa eran intensas maratones de juegos acuáticos y sesiones en el jardín de la casa. Se había levantado un poco de frío.
Los primos mayores aprovecharon esa brisa fría como excusa para levantarse e irse a la casa. Pusieron música, Mecano, “No hay marcha en New York y los jamones son de york…” bailaban dando vueltas a la mesa del comedor. Retiraron las sillas de madera, esas sillas que venían de la casa de los bisabuelos, para tener más espacio.
Los tres primos giraban y se reían. El mayor de todos llevaba un peto vaquero con tirantes. Le gustaba ponerse camisetas coloridas y usaba zapatillas tipo converse. Tenía la voz un poco de pito, el pelo rizado, un aire exótico que la mezcla de razas le regaló, y ciertos gestos femeninos, que ahora podía ella interpretar perfectamente. Bailaba muy bien, todos lo comentaban.
Las primas grandes lo seguían como hipnotizadas por su ritmo. Durante todo el verano venía observando cómo lo miraban y acataban sus ideas. Las atraía como un imán. Un suspiro por allí, un suspiro por allá, y mucho salir de paseo los tres juntos.
Los contemplaba e intentaba imaginarse cómo sería cuando tuviera esa edad. A los 9 años la adolescencia se presenta como un terreno pantanoso del que se espera mucho. Pensar en que llegar a tener esa veneración hacia nadie le daba repelús.
Las dos primas pequeñas seguían en la esquina envidiando sus risas hasta que uno de ellos los invitó a participar del baile.
Comenzaron ellas también a dar vueltas al ritmo de Mecano. En el exterior se escuchaba a los padres hablando de política. La risa se apoderó de las pequeñas. Sentía como si estuviera en una nube, se movía enérgicamente. Alguien le dijo que bailaba bien, fue una de las primeras veces que sintió que destacaba en algo. Casi nunca le hacían comentarios bonitos, más allá de su volumen. Pero sobretodo sintió que la música levantaba algo en ella.
Que te comen el coco con los telefilmes
Alguien hizo, para variar, un comentario entre gracioso y educativo sobre lo mucho que había comido y lo gorda que estaba para sus 9 años. Entonces esos comentarios para ella significaban ponerse un poco colorada y sentir que le reñían, pero no era consciente del pozo de daño que iba formándose en su interior, lento pero profundo. A lo largo de los años, llegó a sentir pánico incluso de comer al lado de algunas personas.
Tenía sueño, las vacaciones en la playa eran intensas maratones de juegos acuáticos y sesiones en el jardín de la casa. Se había levantado un poco de frío.
Los primos mayores aprovecharon esa brisa fría como excusa para levantarse e irse a la casa. Pusieron música, Mecano, “No hay marcha en New York y los jamones son de york…” bailaban dando vueltas a la mesa del comedor. Retiraron las sillas de madera, esas sillas que venían de la casa de los bisabuelos, para tener más espacio.
Los tres primos giraban y se reían. El mayor de todos llevaba un peto vaquero con tirantes. Le gustaba ponerse camisetas coloridas y usaba zapatillas tipo converse. Tenía la voz un poco de pito, el pelo rizado, un aire exótico que la mezcla de razas le regaló, y ciertos gestos femeninos, que ahora podía ella interpretar perfectamente. Bailaba muy bien, todos lo comentaban.
Las primas grandes lo seguían como hipnotizadas por su ritmo. Durante todo el verano venía observando cómo lo miraban y acataban sus ideas. Las atraía como un imán. Un suspiro por allí, un suspiro por allá, y mucho salir de paseo los tres juntos.
Los contemplaba e intentaba imaginarse cómo sería cuando tuviera esa edad. A los 9 años la adolescencia se presenta como un terreno pantanoso del que se espera mucho. Pensar en que llegar a tener esa veneración hacia nadie le daba repelús.
Las dos primas pequeñas seguían en la esquina envidiando sus risas hasta que uno de ellos los invitó a participar del baile.
Comenzaron ellas también a dar vueltas al ritmo de Mecano. En el exterior se escuchaba a los padres hablando de política. La risa se apoderó de las pequeñas. Sentía como si estuviera en una nube, se movía enérgicamente. Alguien le dijo que bailaba bien, fue una de las primeras veces que sintió que destacaba en algo. Casi nunca le hacían comentarios bonitos, más allá de su volumen. Pero sobretodo sintió que la música levantaba algo en ella.
Que te comen el coco con los telefilmes
10 de mayo de 2009
Tiempo congelado
Algún día lograré parar el tiempo para quedarme eternamente en las cálidas horas de ensueño que me regalan la gente a la que quiero. Pasan los días, los años, las estaciones. Lluvia, frío, calor... una y otra vez. Pero vosotras seguís inmutables, sin la erosión del tiempo; llenándome de alegría. Cambian los espacios, las preocupaciones y las conversaciones, pero nunca cambian vuestros espíritus: puros y auténticos, cargados de imperfecciones que me hacen reir y crecer. Ese día os congelaré en un acto egoísta para que estéis siempre a mi lado haciéndome feliz...aunque algo en mi interior me dice que no me hace falta, porque siempre estáis conmigo.
Sois lo mejor, me cargáis las pilas, sólo puedo daros las gracias por brindarme vuestra amistad y deciros que ¡os quiero!
Te echamos de menos Rocío.
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