23 de abril de 2010
21 de abril de 2010
Ésta soy yo
Aquí va mi presentación. Me ha costado sudores y lágrimas!!!!!! y además me que dado cuenta de que tengo muchísimo acento, pensé que no era tan acusado.
15 de enero de 2010
Patera

01.01.210. 00:25. Feliz Año. Mujerón. Cuerpazo. 625…
Él me recuerda aún con mis vestidos de niña pequeña atados a la cintura con lazada, en esa extraña edad en la que se tiene el espíritu de una cría pero el cuerpo de una mujer. Un cuerpo del que yo no tenía constancia, y a penas tuve hasta bien entrado los 20.
Sin embargo él ya me intuía, se sentaba a mi lado a ver los barquitos de la ría y me susurraba al oído -¿Ves los barcos? las barquitas están atadas con las barquitas, y los veleros grandes con los veleros grandes. Yo soy una barquita y tú un velero, cuando sea uno grande iré a buscarte a Sevilla y te traeré conmigo. Mientras, sigue estudiando princesa-
En su caja de recuerdos conserva mejor que yo misma: mis sueños de adolescente y de joven, mi verano como preuniversitaria, mi primer novio, largas llantinas provocadas por la desilusión … me escuchaba pacientemente cuando yo relataba una a una mis inquietudes mientras me hacía sombra en la playa para protegerme del sol.
Él me recuerda aún con mis vestidos de niña pequeña atados a la cintura con lazada, en esa extraña edad en la que se tiene el espíritu de una cría pero el cuerpo de una mujer. Un cuerpo del que yo no tenía constancia, y a penas tuve hasta bien entrado los 20.
Sin embargo él ya me intuía, se sentaba a mi lado a ver los barquitos de la ría y me susurraba al oído -¿Ves los barcos? las barquitas están atadas con las barquitas, y los veleros grandes con los veleros grandes. Yo soy una barquita y tú un velero, cuando sea uno grande iré a buscarte a Sevilla y te traeré conmigo. Mientras, sigue estudiando princesa-
En su caja de recuerdos conserva mejor que yo misma: mis sueños de adolescente y de joven, mi verano como preuniversitaria, mi primer novio, largas llantinas provocadas por la desilusión … me escuchaba pacientemente cuando yo relataba una a una mis inquietudes mientras me hacía sombra en la playa para protegerme del sol.
Quizás sea la persona que mejor me conoce porque sigue buscando en mí a aquella niña de vestidos ñoños y con sus palabras consigue devolvérmela a mis brazos.
La última vez que hablamos fuiste capaz de reconocer que me veías mejor que nunca, aunque te costó confesarlo. Creo que te dio pena ver alejarse a la niña y acercarse a la mujer.
La última vez que hablamos fuiste capaz de reconocer que me veías mejor que nunca, aunque te costó confesarlo. Creo que te dio pena ver alejarse a la niña y acercarse a la mujer.
Quisiera haberte amado pero no se puede vivir en los sueños de las noches de verano.
Yo también te deseo un buen año.
21 de octubre de 2009
Otoño de cambios
Es tiempo de cambios en mi vida.
A lo largo de estos últimos 10 meses se han ido colocando piezas nuevas en mi vida para disponer mi universo de manera diferente. Otras, simplemente se han disuelto.
Echo de menos a Manoli, echo de menos a mis amigas con las que apenas hablo por las malditas responsabilidades. Echo de menos las tardes calurosas en el Viapol con Blanca. Echo de menos aburrirme. Echo de menos estar rodeada de mucha gente. Echo de menos las noches de juerga con mis amigos. Me hago muy adulta a la velocidad del rayo.
Sin embargo, ahora tengo mi propia empresa y he aprendido a distinguir quién me quiere de verdad. Ahora valoro más todavía algunas pequeñas cosas y adoro la sensación de no tener que quedar por obligación. Mis tardes de yoga me confortan más que nunca. Ahora me siento más amada.
Ahora me toca tomar decisiones, decisiones importantes que pueden transformar muchas cosas. Me da vértigo, mis decisiones afectarán a más personas pero sé que tengo que afrontarlas. Atrincherarme en mi almohada y pensar ya lo decidiré no es una opción. Ahora tengo que pensar por dos. YA no es sólo lo que yo quiero y me gusta tener que ceder mi preciado terreno.
Tal vez, como dice Ingrid, he cambiado y lo curioso es que ha sido un proceso natural.
Pienso en el 2010 y lo veo lleno de incertidumbres, pero creo que tome el camino que tome es hora de tomar las riendas de mi vida fuera de mi confortable huevo.
A lo largo de estos últimos 10 meses se han ido colocando piezas nuevas en mi vida para disponer mi universo de manera diferente. Otras, simplemente se han disuelto.
Echo de menos a Manoli, echo de menos a mis amigas con las que apenas hablo por las malditas responsabilidades. Echo de menos las tardes calurosas en el Viapol con Blanca. Echo de menos aburrirme. Echo de menos estar rodeada de mucha gente. Echo de menos las noches de juerga con mis amigos. Me hago muy adulta a la velocidad del rayo.
Sin embargo, ahora tengo mi propia empresa y he aprendido a distinguir quién me quiere de verdad. Ahora valoro más todavía algunas pequeñas cosas y adoro la sensación de no tener que quedar por obligación. Mis tardes de yoga me confortan más que nunca. Ahora me siento más amada.
Ahora me toca tomar decisiones, decisiones importantes que pueden transformar muchas cosas. Me da vértigo, mis decisiones afectarán a más personas pero sé que tengo que afrontarlas. Atrincherarme en mi almohada y pensar ya lo decidiré no es una opción. Ahora tengo que pensar por dos. YA no es sólo lo que yo quiero y me gusta tener que ceder mi preciado terreno.
Tal vez, como dice Ingrid, he cambiado y lo curioso es que ha sido un proceso natural.
Pienso en el 2010 y lo veo lleno de incertidumbres, pero creo que tome el camino que tome es hora de tomar las riendas de mi vida fuera de mi confortable huevo.
22 de septiembre de 2009
El chico del polo verde
El día menos pensado, en el momento más inesperado... el destino te tiene preparadas sorpresas agradables que cambian tu vida para siempre. Aférrate a ellas porque no abundan.
Hizo su entrada despacito, poco a poco, con tenacidad, como él suele hacer. Preguntó si podía venir a verme y ya no dejó de hacerlo.
Dicen que hay trenes que pasan sólo una vez en la vida. El tren en el que llevo montada hace ya dos años no tiene un destino concreto, me desliza por caminos nuevos repletos de vida. Quizás el fin sea exclusivamente ir subida en ese tren y seguir viajando por las vías de la ilusión. Lo cierto es que espero que mi tren no llegue a su última estación en toda la vida.
Hizo su entrada despacito, poco a poco, con tenacidad, como él suele hacer. Preguntó si podía venir a verme y ya no dejó de hacerlo.
Dicen que hay trenes que pasan sólo una vez en la vida. El tren en el que llevo montada hace ya dos años no tiene un destino concreto, me desliza por caminos nuevos repletos de vida. Quizás el fin sea exclusivamente ir subida en ese tren y seguir viajando por las vías de la ilusión. Lo cierto es que espero que mi tren no llegue a su última estación en toda la vida.
8 de agosto de 2009
VILLA MATILDE
Nada más llegar a la esquina de la calle Fragata yo sabía que lo más anhelado estaba ya al lado, llamándome. Sus grandes árboles custodiaban la cancela verde que tanto ruido hacía al abrir y cerrar la puerta, haciendo imposible una entrada o salida anónima. El patio de chinitos tenía impregnado el ADN de toda la familia, gracias a las caídas que cada verano sufríamos en aquel espacio que unas veces era un río, otras una isla desierta, y a veces incluso una olla o improvisado escenario de actuaciones.
Mi corazón comenzaba a latir ligero y en mi preciado equipaje, una bolsa llena con una selección de juguetes –los más queridos, los imprescindibles en unas vacaciones de playa- saltaban al mismo tiempo, los muñecos se impacientan. Mis barbies y barriguitas esperaban ansiosas el momento de poder habitar entre los árboles, aquellos dos paraísos; y los playmobils no veían la hora de poder bañarse en la pila de lavado. Todo cobraba vida en Villa Matilde.
Quizás no fuera así exactamente y las piezas que encajan el puzle que ahora mismo dibujo pertenezcan a diferentes momentos de un día cualquiera, de un verano de la década de los 80. Pero veo lo siguiente:
Pepito y Tamara, están sentados en la rampita de la entrada. Ha habido suerte, nadie ha metido el coche en el patio, han puesto a los playmobils a pescar en el hilito de agua que surcaba tras los manguerazos para refrescar el suelo, pero han previsto la llegada de los míos, le han dejado un huequito y no han cazado todas las hojas. Esperan pacientemente el momento de ir a la playa flotador en mano.
Al fondo Pili persigue a Martita, debe cambiarle los pañales pero la pequeña deleita al público disfrutando de su autonomía de movimientos. Teba las mira sonriente, aunque ella está pensando en el diálogo del teatrillo de esta noche. Ése que tanta gracia les hace a los abuelos. El abuelo la observa al tiempo que lee el periódico y se pregunta a qué hora llegaremos.
Un poco más adentro Gonzalo prepara la tabla de surf para sacarla, parece que corre viento. Los mástiles de sus tablas, de colores, son una viga más de la casa, siempre soportando el peso del techo. Matuca termina de arreglarse, hoy no ha podido entrar de las primeras al baño. Justo en la habitación de al lado, la abuelita golpea en la puerta de Rocío que continúa durmiendo, definitivamente no va a bajar a bañarse.
Pepe va y viene al coche, aparcado enfrente, guardando en el maletero las bolsas de la playa, las pelotas, los manguitos, la piscinita, y esos cubitos, rastrillos y palas con los que construye unos castillos fascinantes.
Recuerdo a mi madre y a mis tías guapas, muy guapas, con la belleza que dan la maternidad, la felicidad y los treinta y tantos. Y a mi padre y a mis titos fuertes, juguetones siempre dispuestos a hacer algo para divertirnos.
Ya hemos llegado. Puedo oler a crema nivea, siento rayitos de sol en la cara, el beso caliente de la abuela y su siempre cálido abrazo. Es hermosa y está impecable con su turbante y zapatillas de esparto con plataforma. Las manitas de Tamara y Pepito tiran de mí y me arrancan de todo saludo. Estoy corriendo, grito, me río. Delante me quedan muchas semanas de juego.
Coronando mi puzle un cartel: Villa Matilde.
Lloré mucho cuando la derribaron y sé que con su destrucción una parte de mi historia, probablemente de mi familia, murió. Aquellas paredes blancas atesoraban muchos días de felicidad, de convivencia, de veranos en los que aprendes a vivir.
A pesar del tiempo, hay días en los que al despertar sigo teniendo la sensación de estar en mi pequeña camita de hierro burdeos.
Mi corazón comenzaba a latir ligero y en mi preciado equipaje, una bolsa llena con una selección de juguetes –los más queridos, los imprescindibles en unas vacaciones de playa- saltaban al mismo tiempo, los muñecos se impacientan. Mis barbies y barriguitas esperaban ansiosas el momento de poder habitar entre los árboles, aquellos dos paraísos; y los playmobils no veían la hora de poder bañarse en la pila de lavado. Todo cobraba vida en Villa Matilde.
Quizás no fuera así exactamente y las piezas que encajan el puzle que ahora mismo dibujo pertenezcan a diferentes momentos de un día cualquiera, de un verano de la década de los 80. Pero veo lo siguiente:
Pepito y Tamara, están sentados en la rampita de la entrada. Ha habido suerte, nadie ha metido el coche en el patio, han puesto a los playmobils a pescar en el hilito de agua que surcaba tras los manguerazos para refrescar el suelo, pero han previsto la llegada de los míos, le han dejado un huequito y no han cazado todas las hojas. Esperan pacientemente el momento de ir a la playa flotador en mano.
Al fondo Pili persigue a Martita, debe cambiarle los pañales pero la pequeña deleita al público disfrutando de su autonomía de movimientos. Teba las mira sonriente, aunque ella está pensando en el diálogo del teatrillo de esta noche. Ése que tanta gracia les hace a los abuelos. El abuelo la observa al tiempo que lee el periódico y se pregunta a qué hora llegaremos.
Un poco más adentro Gonzalo prepara la tabla de surf para sacarla, parece que corre viento. Los mástiles de sus tablas, de colores, son una viga más de la casa, siempre soportando el peso del techo. Matuca termina de arreglarse, hoy no ha podido entrar de las primeras al baño. Justo en la habitación de al lado, la abuelita golpea en la puerta de Rocío que continúa durmiendo, definitivamente no va a bajar a bañarse.
Pepe va y viene al coche, aparcado enfrente, guardando en el maletero las bolsas de la playa, las pelotas, los manguitos, la piscinita, y esos cubitos, rastrillos y palas con los que construye unos castillos fascinantes.
Recuerdo a mi madre y a mis tías guapas, muy guapas, con la belleza que dan la maternidad, la felicidad y los treinta y tantos. Y a mi padre y a mis titos fuertes, juguetones siempre dispuestos a hacer algo para divertirnos.
Ya hemos llegado. Puedo oler a crema nivea, siento rayitos de sol en la cara, el beso caliente de la abuela y su siempre cálido abrazo. Es hermosa y está impecable con su turbante y zapatillas de esparto con plataforma. Las manitas de Tamara y Pepito tiran de mí y me arrancan de todo saludo. Estoy corriendo, grito, me río. Delante me quedan muchas semanas de juego.
Coronando mi puzle un cartel: Villa Matilde.
Lloré mucho cuando la derribaron y sé que con su destrucción una parte de mi historia, probablemente de mi familia, murió. Aquellas paredes blancas atesoraban muchos días de felicidad, de convivencia, de veranos en los que aprendes a vivir.
A pesar del tiempo, hay días en los que al despertar sigo teniendo la sensación de estar en mi pequeña camita de hierro burdeos.
26 de julio de 2009
Comiendo croquetas
Me encanta pensar que será así, tal como ella dice: -De vieja me imagino comiendo croquetas con Carmen en un asilo. Ella hablará con todos los ancianos de la residencia y yo iré a mi bola-
Manoli es sencillamente especial, una todoterreno del periodismo, un espíritu inquieto, inconformista, con ganas constantes de crecer y evolucionar. Con Manoli puedes llorar y reírte, y salir de marcha, e ir de compras, y hablar de filosofía, del último libro que estás leyendo, o de las barriguitas (las de verdad o las muñecas) Debajo de una sombrilla cuya sombra se alarga hasta la noche o en un sofá mullido, en un seat o en la cinta del gimnasio, en una discoteca o en un avión, en Londres o en Barbate. A todas horas, cualquier día, en un lugar cualquiera del mundo, las conversaciones con Manoli nunca se acaban.
Miles de planes cambiados y reestructurados, algunos ciertos y otros soñados. Pero ahora si que llegó la decisión. Se marcha a Madrid y nos deja un poco huérfanos. Odio tanto la distancia. Otra parte de mi corazón lejos. Me siento ya un poco más sola, con menos ganas de enredar.
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